Meditar. Todos podemos hacerlo.

La mente.

En la India suelen comparar a la mente humana con un mono al que es necesario adiestrar para que no haga desastres. Curiosa, inquieta y a veces poco reflexiva, nuestra mente se deja arrastrar por los sentidos llevando nuestra atención de un sitio a otro y dejándonos  agotados, aturdidos y estresados. Sin embargo, igual que los monos, la mente no es intrínsecamente buena o mala; ella es simplemente fiel a su propia naturaleza, y si no queremos vivir a merced de sus impulsos y torpes travesuras, tendremos que conocerla, adiestrarla y convertirla en nuestra aliada.

Conócete a tí mismo.

Lo primero que tenemos que comprender es que nosotros no somos nuestra mente.

Así como nuestro cuerpo tiene sus extremidades, órganos, huesos, etc, y es a la vez el conjunto de todos estos componentes; del mismo modo nosotros tenemos un cuerpo, una mente y una consciencia, y somos todos estos elementos. Pero entonces ¿quiénes somos realmente? Somos nuestra consciencia. Ella es la única parte de nosotros que es eterna e inmutable en su esencia, y que abarca todo lo demás que constituye nuestro ser total.

Cuando somos bebés, los que mandan son los impulsos y los sentidos. Basta ver cómo se mueve un bebé cuando algo le llama la atención para darnos cuenta de que son los estímulos los que dominan toda su actividad.

Pero a medida que el niño crece la mente toma el control. Ya no reaccionamos de manera tan impulsiva sino que evaluamos y reflexionamos antes de actuar.

Lo lamentable es que en general la mayoría de las personas se quedan en este nivel de consciencia y, puesto que sus mentes son las que gobiernan sus vidas, creen que su ser se limita a un cuerpo físico con una mente que lo maneja.

Es verdad que muchos tienen además la convicción de ser más que esto, de tener un alma o espíritu. ¿Pero cuántos de ellos lo saben con la absoluta certeza que sólo les puede proporcionar el hecho de haber experimentado aquel aspecto inmaterial de su propio ser?

Precisamente para esto, para vivenciar la totalidad de nustro ser, es que sirve la meditación. Esta práctica nos permite elevarnos un poco para observar nuestra propia mente y sus hábitos de conducta.

Observándonos a nosotros mismos desde una perspectiva que nos coloca más allá de nuestra mente podemos desidentificarnos de ella. Puesto que si yo puedo observar mi mente, ¿quién es ese observador?

Es mi conscienca espiritual o alma, según prefieran llamrala.

Volvamos a la imagen de un bebé que acaba de comenzar a gatear y va de un lado a otro persiguiendo todo lo que estimula sus ávidos sentidos. Agreguemos ahora en la escena a su madre que lo contempla tan absorta y encantada que se olvida de todo lo demás, incluso de sí misma. Está como hipnotizada y se siente una con su bebé. ¡Pero en algún momento algo le hará recordar que ella es la mamá y está a cargo de ese bebé!

Nuestra alma o espíritu sería la «mamá» de nuestro ser físico, mental y mortal; nuestro «bebé» o ego de esta vida…

Dejando la metáfora de lado, por lo general son la enfermedad o alguna situación límite lo que saca a las personas del trance hipnótico y despierta su consciencia al hecho de que hay en ellos mucho más de lo que suponían hasta entonces.

También puede suceder de forma fortuita en alguna situación de éxtasis estético, contemplando un bello paisaje o sintiendo que nos fundimos con la esencia de todo lo que nos rodea. Pero son realmente muy pocos los que tienen esa clase de experiencias, y menos aún los que le dan la debida importancia como para que ésta pase a ser algo más que un grato recuerdo.

Por eso la Meditación es una excelente opción para acceder de manera voluntaria a ese estado superior de consciencia, y es mucho menos complicado de lo que la mayoría supone.

Para comenzar basta con aprender a desidentificarse de la propia mente y  observarla algunos minutos al día.

Una práctica sencilla.

Observar.

A la mente y a los monos les encanta la libertad, así que es mejor persuadirlos que someterlos. No es una buena idea comenzar intentando obligar a nuestra mente a que haga algo que no está acostumbrada a hacer porque, dado que todavía es ella la que tiene el control, pronto va a convencernos de que esto de meditar no es para nosotros…

Tómate un par de minutos tres veces al día para observar a tu mente como si observaras a un mono que anda dando vueltas por ahí. No intervengas ni juzgues, sólo obsérvala para descubrir sus hábitos y preferencias.

Lo ideal sería que hicieras este ejercicio por las mañanas (mientras te duchas o te cepillas los dientes, por ejemplo), en algún momento del día (en el trabajo o el autobús al volver a casa) y antes de dormirte por las noches.

Cuando hagas este ejercicio es fundamental que no te identifiques con tu mente y sus pensamientos. Obsérvala como si no te perteneciera, así podrás ser objetivo y conocerla realmente.

Persuadir.

Si descubres tendencias y hábitos que no te benefician, persuádela de modificarlos. ¡No la obligues o se revelará contra tí! Si por ejemplo a la mañana descubres que está quejosa, con ganas de conflictos porque la sacaste de sus sueños para arrastrarla a un trabajo que no le gusta, dile que no se aflija, pues pase lo que pase durante el día, pronto llegará la noche y podrá regresar a ellos. Y prométele que comenzarás a evaluar alternativas laborales. ¡No condenes a tu mono a vivir en una jaula o un circo!

Adiestrar con dulzura.

El primer paso de la meditación es la concentración mental. Busca un horario y un lugar para estar a solas con tu mente unos quince minutos al día y pídele que se concentre en algo que sea de su agrado. Puede ser una vela encendida, un objeto atractivo, un sonido agradable, una imagen mental o tu respiración.

Al principio ella se escapará a los pocos segundos. No te enfades; observa a dónde va, qué es lo que la distrajo, y luego vuelve a traerla al foco de atención con la misma dulzura con la que traerías a un niño curioso e inquieto que se te escapa a cada rato. Muéstrale algún aspecto de ese objeto que despierte su curiosidad y verás que de a poco se irá concentrando en él por más tiempo.

Si realizas estas dos primeras prácticas durante tres semanas, verás que para entonces será tu propia mente la que te pedirá que mantengas este nuevo hábito, pues igual que a los momos y a los niños, a la mente le gusta aprender y desarrollar nuevas habilidades.

Pero si no consigues sostener la práctica por tres semanas, no te rindas y no desistas por sentir que fracasaste. Recuerda que para aprender a caminar primero tuviste que caerte varias veces hasta lograr dominar esa habilidad. Sin embargo, una vez que lo conseguiste, olvidaste de inmediato todos los fracasos y empezaste a practicar cómo saltar, correr, bailar, escalar, andar en bicicleta y quién sabe cuántas otras cosas más.

La práctica de la concentración equivale a  enseñarle a tu menta a gatear. Más adelante iré explicando aquí otras prácticas progresivamente más complejas para que algún día tu mente transmute en un ave fénix capaz de llevarte a mundos inimaginables. Ella tiene el potencial de hacer esto y mucho más. ¡No lo desperdicies!

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¡Muchas gracias!

2 comentarios en “Meditar. Todos podemos hacerlo.

    1. ¡Qué bueno que te haya gustado, Rubi! Estoy un poco vaga con las publicaciones, pero en estos días voy a seguir agregando artículos sobre el tema, en lo posible con el mismo estilo sencillo y al grano. Si te suscribiste a la página, te van a llegar los avisos de las nuevas publicaciones vía mail.

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