Destino de un cuento corto.

La otra noche, cuando estaba por apagar la computadora e irme a la cama, otro impulso inconsciente (el segundo ese día) me hizo abrir un nuevo documento en Word y escribir un cuento para el concurso.

Nunca antes me había interesado participar en un concurso literario. Es verdad que a los catorce años, después de leer “El Principito” y “Juan Salvador Gaviota”, yo quería ser escritora. Pero también es cierto que a los quince, después de escuchar a María Callas en “La flauta mágica”, quise ser cantante lírica; y a los dieciocho, después de ver “Flash dance”, salí del cine decidida a convertirme en bailarina. Sin embargo, me bastó un año de clases de danza jazz para comprender que yo tenía más vocación de público entusiasta que de disciplinada artista, y ahora era muy feliz con la vida que había elegido.

Pero el cuento quería ser escrito y yo sabía que no me dejaría dormir hasta que le diera el gusto; así que, con el desgano de una colegiala que dejara la tarea de lengua para último momento, eché manos a la obra. “Composición. Tema: Cuento corto.” ¡El resultado fue lamentable! Más que un cuento, lo que escribí fue una suerte de crónica sobre una tarde cualquiera:

“Esta tarde mientras cocinaba escuchando la radio, oí que el locutor decía algo sobre un concurso literario, y sin saber por qué, saqué la olla del fuego y busqué con qué anotar las condiciones para participar. Después dejé el papelito por ahí y seguí cocinando sin pensar más en el asunto. Pero ahora, cuando estaba por irme a la cama, sentí el impulso de escribir un cuento para participar, y aquí estoy sin saber por dónde empezar o sobre qué escribir…” Y así seguía la narración, sin llegar a ninguna parte, hasta que me venció el sueño y me fui a dormir.

Al día siguiente, como cada tarde, a las siete en punto encendí la radio para escuchar mi programa favorito mientras preparaba la cena. ¡Y como si me hubiese estado espiando la noche anterior, el locutor usó una metáfora para ilustrar lo que, en su opinión, diferenciaba a un buen cuento de uno mediocre! El mío entraba de cajón en la segunda categoría. Y como a nadie le gusta el mote de mediocre, esa noche intenté esmerarme para mejorarlo. Pero mi cuento se resistía a ser modificado y ni siquiera admitía un final o moraleja que por lo menos le diera carácter de cuento. Llena de frustración quise eliminar el documento, pero no pude hacerlo. Entonces, para vengarme, le cambié el título de cuento corto por el de cuento mediocre, apagué la computadora y me fui a dormir.

A las tres de la mañana me desperté con esa infrecuente sensación de haber comprendido algo trascendente que debe ser registrado en el momento o de lo contrario se desvanece como una estrella fugaz. ¡Tenía el final de mi cuento!:

“No todos nacemos para ser ganadores. La mayoría de nosotros tenemos otro destino, que no por menos célebre es menos digno. El de este cuento es dibujar una sonrisa en los labios de quien, con sus “palabras, palabras, palabras y un poco de música”; me hace compañía cada tarde mientras cocino. Si cumplió con su destino, ahora ya puede pasar alegremente al olvido. O no… ¡Ah, pero esa ya es otra historia que excede las limitaciones de un pobre cuento al que el destino le concedió tan sólo dos páginas de existencia y a doble espacio!”

M. K. Gowda

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