Reinventarse.

Crisis: peligro y oportunidad.

A casi todos nos llega un momento en la vida en que nos damos cuenta de que no somos quienes queremos ser ni estamos vivienda la vida que nos gustaría vivir.

Este momento, por lo general angustiante y desconcertante, puede llevarnos a una crisis existencial que, como toda crisis, implica tanto peligro como oportunidad de cambio.

La mayoría de nosotros empezamos por buscar las causas de esta situación afuera, en nuestras circunstancias sociales, económicas, laborales, familiares, etc.

Nos decimos que si tuviéramos más dinero, un mejor trabajo, si hubiéramos nacido en otra familia o si nuestra pareja no boicoteara nuestros sueños, si no tuviéramos que hacernos cargo de nuestros hijos, padres o legado familiar; seguramente podríamos alcanzar nuestras verdaderas metas y realizarnos como las personas que estábamos destinadas a ser…

Así, llegado este momento de crisis existencial, podemos optar entre dos posturas: la de la víctima de sus circunstancias o la del protagonista de su propia vida.

El peligro radica entonces en que si elegimos el rol de víctima no sólo vamos a sentirnos siempre frustrados e impotentes sino que además, al poner a quienes nos rodean en el rol de victimarios (rol que a nadie le gusta), esta postura hará que vayamos quedándonos cada vez más solos y aislados de nuestros afectos.

Si en cambio buscamos las causas de nuestras frustraciones en nuestro interior: en nuestras creencias, hábitos mentales y en esos programas que nos fueron impuestos desde la infancia, no con mala intención sino por simple inercia e inconsciencia; entonces tendremos la oportunidad de explorarnos a nosotros mismos, de conocernos, comprendernos y finalmente de reinventarnos y convertirnos poco a poco en quienes realmente queremos ser.

Esta segunda opción, aunque nos permite convertirnos en los artífices de nuestro propio destino,  no implica necesariamente que pasemos a ser el protagonista principal en todos los ámbitos de nuestras vidas o en el héroe de nuestra propia odisea. No todos tenemos las características o las ambiciones de semejantes personajes.

En ciertos ámbitos muchos de nosotros nos sentimos más cómodos desempeñando un papel secundario que siendo el protagonista o el líder. Incluso hay quienes disfrutan más siendo los escenógrafos, los vestuaristas, los utileros o los espectadores del Gran Teatro de la Vida, que estando bajo las luminarias. Y no hay nada de malo en esto.

Yo pienso que todas estas posturas son igualmente válidas y respetables, pues en mi opinión venimos a este mundo a aprender de nuestras experiencias y en cada rol que desempeñemos hay lecciones valiosas que aprender. Además podemos alternar entre unos y otros en los diferentes ámbitos en los que nos desenvolvemos y en las distintas etapas de nuestras vidas.

No sé realmente hasta qué punto somos responsables de las diferentes circunstancias que se nos van presentando  pero lo importante es tomar consciencia de que casi siempre podemos elegir con qué actitud vamos a enfrentarlas y debemos hacernos responsables de esa elección.

Un buen ejemplo de esta libertad de elección son las vidas de Felicitas Guerrero de Álzaga y su sobrino Héctor Manuel Guerrero.

Cuando Felicitas era aún una adolescente fue obligada a casarse con un hombre que podría haber sido su padre, sin que nadie tuviera en cuenta que ella estaba enamorada de un chico de su edad y condenándole así a vivir una vida que ella misma nunca habría elegido. Sin embargo, lejos de resignarse a ser una desdichada hasta su muerte, la joven buscó enfocarse en lo positivo de su nueva situación y se forjó un destino de grandes aprendizajes.

Su trágica muerte y otros azares de la vida de ese clan familiar hicieron que uno de sus sobrinos, Héctor Manuel Guerrero, quedara a cargo por algún tiempo de parte de la herencia de su tía.

Su hermano mayor había fallecido prematuramente y sus padres decidieron irse a viaje por Europa para alivianar el terrible duelo, dejando al segundo hijo a cargo de las propiedades de la familia. Entonces este joven visionario y perseverante comenzó a plasmar un sueño en la árida y estéril realidad de las dunas que separaban las fértiles tierras pampeanas del Mar Argentino.

Héctor Manuel Guerrero jamás se dejó vencer por los múltiples obstáculos que iban surgiendo a cada paso y no se daría por vencido, aún cuando sabía que nunca llegaría a ver su sueño plasmado en la realidad en su máximo esplendor.

Ese sueño hecho realidad se llama Cariló y es mi lugar en el mundo.

Por eso voy a comenzar este blog dedicándoles a Felicitas y a Héctor Manuel Guerrero un poema que hace varios años tuve que memorizar para un trabajo práctico y que nunca dejo de recitar mentalmente durante mis largas caminatas solitarias en este maravilloso bosque encantado.

El poema es de Marcos Rafael Blanco Belmonte.

Sembrando.

 

De aquel rincón bañado por los fulgores

del sol que nuestro cielo triunfante llena;

de la florida tierra donde entre flores

se deslizó mi infancia dulce y serena;

envuelto en los recuerdos de mi pasado,

 guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado,

del sembrador más raro que hubo en el monte.

Aún no sé si era sabio, loco o prudente,

sólo sé que al mirarle toda la gente

con profundo respeto se descubría.

Y es que acaso su gesto severo y noble

a todos asombraba por lo arrogante:

¡hasta los leñadores mirando al roble

sienten las majestades de lo gigante!

Una tarde de otoño subí a la sierra

y al sembrador, sembrado, miré risueño;

quise saber, curioso, lo que el demente

sembraba en la montaña sola y bravía;

el infeliz oyome benignamente

y me dijo con honda melancolía:

-Siembro robles y pinos y sicomoros;

quiero llenar de frondas esta ladera,

quiero que otros disfruten de los tesoros

que darán estas plantas cuando yo muera.

-¿Por qué tantos afanes en la jornada

sin buscar recompensa?-dije. Y el loco

murmuró con las manos sobre la asada:

-Acaso tú imaginas que me equivoco,

acaso por ser niño te asombre mucho

el soberano impulso que mi alma enciende;

por los que no trabajan, trabajo y lucho;

si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende!

¡Nunca al cielo pedimos pan para todos!

En las propias riquezas los ojos fijos

buscamos las riquezas que nos convienen

y todo lo arrastramos por nuestros hijos.

¿Es que los demás padres hijos no tienen?

Y en las guerras brutales, con sed de robo,

hay siempre un fraticida dentro del hombre,

y el hombre para el hombre siempre es un lobo.

Por eso cuando al mundo, triste, contemplo

yo me afano y me impongo ruda tarea

y sé que vale mucho mi pobre ejemplo,

aunque pobre y humilde parezca y sea.

¡Hay que luchar por todos los que no luchan!

¡Hay que pedir por todos los que no imploran!

¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!

¡Hay que ser como el agua que va serena

brindando al mundo entero frescos raudales!

¡Hay que imitar al viento, que siembra flores

lo mismo en la montaña que en la llanura!;

y hay que vivir la vida sembrando amores

con la vista y el alma siempre en la Altura-.

dijo el loco, y con noble melancolía

por las breñas del monte siguió trepando,

y al perderse en las sombras, aún repetía:

-¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!-.

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